Las obras de emergencia previstas por el Plan de Viabilidad del Castillo de Ponferrada (León) pretendían frenar el proceso de deterioro de los lienzos menos estables de la fortaleza, para lo cual se acometió la retirada de los escombros acumulados durante siglos de abandono en las rondas afectadas. Con ello se conseguía no sólo restar empujes a los lienzos en cuestión y restablecer su drenaje natural a través de las gárgolas originales, obstruidas por los escombros, sino también recuperar el nivel de uso histórico en los tramos correspondientes de cada ronda y la función primitiva de éstas como corredores de comunicación interna del edificio. El desescombro realizado según este planteamiento se llevó a cabo bajo control arqueológico, con el objetivo de garantizar la conservación de posibles estructuras enterradas y certificar que la cota recuperada en cada sector correspondía a niveles de uso históricos, documentando, además, las secuencias estratigráficas que pudieran aparecer.
Se intervino en tres zonas bien diferenciadas: el tramo de la Ronda Baja comprendido entre las torres de Cabrera y Malpica (ambas inclusive); el sector de la Ronda Alta situado entre la torre de Cabrera y el Cenador Alto del complejo palacial; y la Ronda del Sil en todo su recorrido, es decir, entre la torre de Moclín y el Cubo Viejo o del Duque.
De acuerdo con el plan diseñado para esta fase de las obras, en cada una de las zonas de intervención se ha retirado el estrato superficial de acumulación por abandono formado a lo largo de los dos últimos siglos, respetándose la superficie de los niveles de uso históricos más recientes. No obstante, algunos de los problemas planteados por el edificio exigieron, unas veces, la realización de sondeos en zonas muy concretas, y otras, la eliminación de determinados niveles de uso:
Paralelamente al desarrollo de la obra, se procedió al análisis estratigráfico de los lienzos interesados, si bien los inmuebles adosados al paramento exterior de la muralla baja en el tramo comprendido entre las torres de Cabrera y Malvecino imposibilitan por el momento la lectura completa de este último.