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En el área de excavación abierta hasta el momento en el sector sureste de la medina de se han documentado, durante la campaña de 2004, dos viviendas completas de época de la Encomienda de los calatravos (ss XIII-p.XV) —viviendas 2 y 4—, y parte de una tercera más antigua, probablemente islámica —vivienda 3—. La vivienda situada junto a la cara meridional de la torre 26/03 —vivienda 1—, de época almohade, se hallaba completamente excavada desde mediados de la campaña de 2003. En todos los casos, las puertas de acceso desde el exterior han aparecido concienzudamente tapiadas, de donde se deduce que, en el momento del abandono definitivo de este sector de la ciudad, los últimos propietarios de las viviendas documentadas quisieron evitar que fuesen ocupadas ilícitamente, manifestando con ello su voluntad de conservar la propiedad sobre ellas. Las viviendas excavadas se pueden agrupar en tres momentos constructivos
diferentes, establecidos no sólo a partir de la secuencia
estratigráfica estudiada, sino también de las notables
diferencias constructivas y de organización existentes
entre unas y otras. A época almohade pertenece la vivienda 1, encajada en el ángulo formado por el encuentro entre el lienzo más meridional de la muralla oeste del alcázar y la torre contigua. Esta vivienda, de planta rectangular y deficiente calidad constructiva, fue edificada sobre los rellenos de escombros que amortizaban, ya en época almohade, una de las lizas de ese frente de muralla. Es evidente, pues, que este último había perdido, ya por entonces, buena parte de sus funciones defensivas originales. De los restos que conserva la vivienda y de la composición de los derrumbes excavados se deduce que era un edificio de una sola altura, formado por muros de mampostería caliza y cubierto con techumbres de teja curva sobre estructura de madera. Las cuatro estancias de que consta se distribuyen, en forma de “u”, en torno a un patio interior que articula los recorridos. Las viviendas 2 y 4, por el contrario, pertenecen a la época de la Encomienda de la Orden de Calatrava. Los estratos más antiguos de abandono documentados en ambas han aportado cerámicas cristianas y mudéjares que podemos datar, a priori, en el siglo XIV. La calidad de su construcción es, en líneas generales, muy deficiente, y su distribución interna —en cierto modo caótica y determinada por la entrada directa a un patio desde el exterior— se aparta claramente de los modelos islámicos precedentes. Ambas fueron levantadas sobre los rellenos de escombros que colmataban, desde varias décadas atrás, el primitivo foso defensivo antepuesto a la muralla occidental del alcázar. Sus características constructivas son, en general, coincidentes: las dos contaban con una sola altura, estaban cubiertas por tejados de teja curva sobre estructura de madera, y formadas en su mayor parte por muros de tapial de tierra sobre base de mampostería, aunque también se documentan algunos alzados de adobe, o de mampostería caliza exclusivamente. La más meridional de ellas —vivienda 2— se localiza junto a la muralla sur de la medina, entre dos viviendas islámicas preexistentes —viviendas 1 y 3—. La puerta de entrada, alojada en un pequeño portal abierto al exterior, daba acceso a un patio estrecho y muy alargado que ocupaba el flanco oriental de la casa, y desde el que se distribuían los accesos al resto de dependencias, todas ellas enlucidas y encaladas, y pavimentadas con yeso. En el extremo septentrional, y precedido por una pequeña despensa o letrina, se localizaba un dormitorio en el que han aparecido restos de un poyo utilizado a modo de cama. El salón principal de la casa, con acceso directo desde el patio, ocupaba una posición central en el conjunto. Completaban el conjunto dos pequeñas habitaciones de planta cuadrangular cuya función desconocemos, localizadas en el extremo sur y construidas sobre el arrasamiento previo de la muralla islámica. La vivienda 4 se sitúa frente al lienzo contiguo a la torre sur del arco triunfal, sobre una zona de ladera con pronunciado descenso hacia el norte, lo que obligó al aterrazamiento de sus dependencias. La entrada desde el exterior se producía a través de un patio cuadrangular en cuyo centro se localiza un pozo para recogida de aguas sucias. Al oeste del patio se situaba la cuadra, de planta rectangular y con un gran portón de acceso, y al norte se extendía el resto de la vivienda, formada por tres estancias —cocina, dormitorio y alacena— distribuidas alrededor de un patio interior, también de planta cuadrangular, pavimentado con pequeños bloques de piedra caliza y dotado de un sumidero central para evacuación de aguas de superficie. Además, se han documentado un adarve de trazado en recodo que se interpone entre las viviendas 2 y 3 para permitir el acceso a esta última, y que finaliza junto a un pequeño pozo negro situado sobre los restos de la primitiva muralla islámica de la medina, y la calle que conducía, en dirección este-oeste, hasta la puerta occidental de entrada al alcázar que se construyó en época de la Encomienda de Calatrava. Ambas forman parte del trazado viario que articulaba la distribución del caserío de este sector de la ciudad en los últimos momentos de ocupación de la misma, y que continuará saliendo a la luz en próximas campañas de excavación. Tanto la cronología atribuida a las viviendas 2 y 4 como la existencia del acceso en doble recodo que sustituyó en época bajomedieval a la entrada islámica bajo el arco triunfal vienen a demostrar que la medina de Calatrava no quedó completamente abandonada tras la toma de 1212, como sosteníamos hasta el momento, sino que su cuadrante suroriental fue ocupado por un caserío que, concentrado en torno al nuevo acceso al interior del alcázar, alojaba probablemente al personal de servicio de la Encomienda de los calatravos.
La fortaleza islámica de Calatrava estuvo, desde sus orígenes, estrechamente vinculada al río Guadiana, que baña el frente norte del recinto amurallado y que actuó siempre como condicionante básico del desarrollo de la ciudad. A raíz de su reconstrucción tras el ataque toledano del año 853, Calatrava fue convertida en una isla mediante la construcción de un foso perimetral alimentado directamente por las aguas del Guadiana, y dotada de complejos sistemas hidráulicos de abastecimiento y defensa inspirados en modelos orientales. Buen ejemplo de ello son las corachas, grandes brazos de muralla equipados con ruedas hidráulicas de relevo, que, partiendo del recinto principal, se adentraban en el cauce del río para garantizar en todo momento el abastecimiento de la ciudad. La coracha de abastecimiento al alcázar se localiza en las inmediaciones del extremo oriental del recinto, unos 11 m al oeste de la torre pentagonal norte. Ocupa una zona con suave pendiente en descenso hacia el norte, en la margen izquierda del río Guadiana. Está formada por un largo brazo de muralla perpendicular al frente septentrional del alcázar, y por una torre maciza de planta cuadrangular sumergida en la corriente, en cuya cara norte apoyaba la primera rueda hidráulica del conjunto, obviamente desaparecida. El brazo de la coracha, de trazado básicamente rectilíneo, estaba reforzado del lado de aguas arriba por una torre de planta rectangular —también maciza— que fue ampliada en al menos dos ocasiones. Cabe la posibilidad de que esta torre albergase, en su coronación, la segunda rueda elevadora del sistema, aunque en el estado actual de la excavación no podemos confirmar este extremo. El conjunto descrito cuenta con una longitud total de 49 m y, al margen de algunas reformas documentadas en la torre intermedia del paramento de aguas arriba, es resultado de un único momento constructivo, como demuestra el hecho de que el zócalo del brazo de muralla traba, sin solución de continuidad, con la base de la torre distal, respecto a la cual está, además, perfectamente alineado. En el tramo descubierto hasta el momento, la coracha del alcázar está construida mayoritariamente con sillería de piedra caliza, aunque también se documentan restos de alzados de tapial de tierra en algunos sectores de su brazo. Los sillares, de buena calidad de talla y muy deteriorados por la erosión y por la humedad, parecen cortados ex profeso para esta obra —no reutilizados—, y están colocados por hiladas regulares según un aparejo que podríamos denominar “oficial” de época omeya, en el que alternan aleatoriamente las sogas y los tizones, aunque con un inusual predominio de estos últimos. Tan espectacular estructura fue concebida, no sólo como medio tecnológicamente avanzado de abastecimiento de agua al interior del alcázar, sino también como un poderoso vehículo de propaganda política, y como tal formó parte del sorprendente sistema defensivo hidráulico documentado en esta zona, conjuntamente con el castellum aquae de la torre pentagonal sur —abastecido por el caudal de la propia coracha— y con la presa defensiva que protege el frente oriental del alcázar. Además, tanto la coracha de abastecimiento al alcázar como la de la medina actuaron como verdaderos diques sobre la corriente del río, contribuyendo a crear en este sector del recinto una gran dársena, un puerto fluvial concebido para proteger y facilitar las labores de carga y descarga de las embarcaciones de fondo plano que por entonces surcaban este tramo del Guadiana. De hecho, la coracha del alcázar bloqueaba cualquier posibilidad de acceder por tierra a la base de la muralla norte del recinto, por lo que la puerta en recodo de entrada al alcázar sólo era accesible desde el interior del puerto fluvial. Los datos de que disponemos hasta el momento parecen confirmar que tanto la coracha del alcázar como la de la medina fueron edificadas durante la reconstrucción y reorganización de la ciudad llevada a cabo a mediados del siglo IX por orden del emir de Córdoba Muhammad I, tras el ataque toledano del 853. La coracha que nos ocupa vino a sustituir en sus funciones a una coracha preexistente, situada unos 25 m más al este, que abastecía al alcázar fundacional también por medio de ruedas hidráulicas elevadoras —véase el informe de la campaña de 1996—. La nueva coracha se adentra en el cauce del río casi 35 m más que la precedente, lo que sugiere que, a lo largo de la primera mitad del siglo IX, la margen izquierda del Guadiana se retrotrajo ostensiblemente hacia el norte, tal vez como consecuencia de las obras de construcción del nuevo alcázar de la ciudad, o puede que a causa de un descenso pronunciado y permanente del caudal del río.
La excavación arqueológica de la zona comprendida entre las dos corachas de abastecimiento al alcázar comenzó en la campaña de 1996 con el descubrimiento de la propia coracha del alcázar fundacional, de una estructura hidráulica de época almohade que reutilizaba en parte el extremo septentrional de aquélla, y de un caserío de época medieval cristiana muy arrasado que se extendía al oeste de ambas (área 20). Y continuó durante la campaña de 1998, en la que se descubrieron nuevas estructuras de habitación de época medieval cristiana, esta vez junto al arranque de la segunda coracha del alcázar (área 12). Tras ambas intervenciones quedó claro que, durante los dos últimos siglos de ocupación de la ciudad, el sector comprendido entre las dos corachas de abastecimiento al alcázar había estado ocupado por un caserío relativamente denso, asentado sobre los lodos aportados durante siglos por el río, y sobre los rellenos de escombros generados por la destrucción parcial de las estructuras defensivas adyacentes, ya en claro desuso. Se descubrió así la existencia de un arrabal extramuros del alcázar, que hemos dado en llamar arrabal septentrional. Sin embargo, surgieron dudas importantes acerca de la organización general del caserío recién descubierto, de su cronología concreta, y de su evolución a lo largo de los siglos XIII y XIV. La excavación arqueológica de las estructuras domésticas documentadas había quedado suspendida en un estadio inicial, y el sector central del área aún permanecía virgen, lo que dificultaba extraordinariamente la interpretación global del conjunto. A ello se sumaban la extraña orientación de algunas de las dependencias exhumadas en 1998 junto al arranque de la segunda coracha del alcázar, la extraordinaria complejidad de las relaciones estratigráficas entre estructuras contiguas, y el elevado grado de arrasamiento de la zona, sometida durante siglos a las avenidas del río y a los derrumbes masivos de las defensas circundantes. Con el objetivo de dar respuesta a semejante cúmulo de interrogantes, y en relación directa con el inicio del desescombro de la segunda coracha del alcázar, en la campaña de 2004 se decidió retomar la excavación arqueológica del arrabal septentrional, ampliando la zona de intervención de 1998 hacia el este para unirla con la de 1996, y poder obtener así una imagen más completa del caserío en cuestión. Desde un comienzo fuimos conscientes de que las dudas planteadas no se resolverían en una sola campaña, de modo que la intervención de 2004 en esta zona se planteó como una excavación extensiva preparatoria de futuras campañas. El objetivo era retirar los estratos superficiales en la mayor extensión posible entre las antiguas áreas 20 y 12, —las de 1996 y 1998, respectivamente— para poder planificar la futura evolución de los trabajos con un criterio más informado. Precisamente por estas razones, tras la campaña de 2004 se mantienen la mayor parte de los interrogantes de partida: se ha avanzado notablemente en la retirada de los sedimentos y de los derrumbes más superficiales, y se han descubierto nuevas estructuras domésticas, algunas de ellas bien definidas, pero todavía no es posible determinar la estructura general del caserío, ni interpretar su evolución a lo largo del tiempo. En los epígrafes que siguen, pues, expondremos los resultados obtenidos de un modo eminentemente descriptivo, sin establecer periodizaciones concretas, ni sucesión de fases. Las estructuras de habitación exhumadas durante la campaña de 2004 en el arrabal septentrional pueden dividirse en tres grandes grupos, en principio coherentes desde un punto de vista constructivo y de organización, pero tal vez predeterminados por la estrategia de excavación aplicada. En esta primera fase del desescombro, en efecto, ha sido necesario respetar dos testigos de paso en dirección este-oeste que dividen el área de excavación en tres zonas, coincidentes con los grupos estructurales definidos:
Teniendo presente que Calatrava la Vieja es sede del Parque Arqueológico Alarcos-Calatrava, también se acometieron diversas labores de desescombro, mantenimiento de infraestructuras y acondicionamiento para la visita en otros puntos del yacimiento :
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